NEUROESTÉTICA: el cerebro como aliado de la museografía de vanguardia.

“La actividad del cerebro es una metáfora para todo lo demás. Somos básicamente máquinas de soñar que construyen modelos virtuales del mundo real”

Rodolfo Llinas

El arte es una práctica presente e innata en el ser humano desde sus orígenes hasta la actualidad, la cual ha ido experimentando una fuerte evolución y perfección con el paso de los siglos. Hasta hace relativamente poco, se asociaba a una actividad de afición de la que el hombre disponía, y sólo aquellos realmente dotados de talento artístico podían exhibirlo en su máximo esplendor.

Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX se han venido realizando múltiples estudios que acreditan que el arte no solo responde a un acto de ocio, secundario, sino todo lo contrario; se trata de una necesidad. Buen ejemplo de ello son las representaciones pictóricas de la cueva de Altamira realizadas por los primeros homo-sapiens, cuya función probablemente obedecía a fines rituales y mágicos (prácticos) más que al acto de deleite puramente visual.

Pero no es necesario remontarnos a milenios anteriores para acreditar esta teoría. Así lo corroboran las obras de arte realizadas por enfermos mentales y con desórdenes psíquicos, quienes dotan de forma y color a los pensamientos de su mente de manera inconsciente y nada intencional.  Asimismo, estudios realizados en la actualidad y, especialmente, el que llevó a cabo el zoólogo Desmond Morris en los años 60 del pasado siglo, han demostrado que los animales de estructura cerebral similar a la del ser humano, en este caso los chimpancés, son capaces de ejecutar composiciones artísticas dotadas de un sentido espacial, colorista y armónico. De este modo, llegamos a la conclusión de que el arte es una práctica cuyo mecanismo responde a estímulos del cerebro, consecuencia directa de lo que éste capta del entorno que lo rodea y, por ende, de su interpretación neuronal.

Los resultados de estas investigaciones sentaron las bases de estudios posteriores cuyos  datos han sido de vital importancia para entender la naturaleza del arte y la razón de su ser. En este sentido, es interesante destacar al  neurólogo Semir Zeki, quién, en 1998, dio a conocer por vez primera una corriente específica de la neurociencia: la neuroestética.  Si la neurociencia estudia mecanismos cerebrales como la conciencia, la imaginación o el lenguaje humanos, la neuroestética aborda estos mismos campos aunque desde una perspectiva diferente: estudia la manera en que éstos influyen en la creación artística y en la concepción de la belleza y, para ello, hace uso de los últimos avances tecnológicos.

El cerebro es uno de los órganos más difíciles de estudiar debido a su compleja localización y a la fragilidad de sus tejidos, los cuales  son determinantes y decisivos en cada una de las actividades capaces de realizar por el ser humano. Por esta razón, no es de extrañar que cada vez sean mejores y más sofisticados los aparatos encargados del estudio del mismo.

Buen ejemplo de ello es la Resonancia Magnética, cuyo mecanismo de actuación se basa en el fotografiado del cerebro humano, lo que nos facilita la familiarización con su anatomía y con su actividad neuronal ante cualquier estímulo, en este caso la belleza o la fealdad. Asimismo, este sistema ofrece la oportunidad de demostrar si la actividad creadora es consecuencia del entorno cultural del artista, o bien si se trata de una práctica cuya forma, color y armonía dependen del funcionamiento de cada cerebro y, por tanto, si es éste el encargado de fijar las características del arte de un individuo y no tanto su formación.

Así pues, las hipótesis que, paulatinamente, fueron surgiendo  a partir de estos estudios,  se ratificaron a través de una serie de experimentos sociales. En este sentido, es interesante destacar el que llevaron a cabo Hideaki Kawabata y Semir Zeki en 2003, que consistió en el visionado, por parte de un grupo de adultos, de una serie de pinturas que debían ser calificadas como bellas, neutras o feas. Minutos después, se repetía la operación pero en este caso haciendo uso de la Resonancia Magnética, siendo ésta la encargada de dilucidar datos de especial relevancia. Los resultados mostraron los estímulos que experimentó el cerebro humano ante la contemplación de aquellas obras que el sujeto consideró bella, es decir, su sinestesia, lo que demostró la intensa actividad neuronal implicada en la concepción y asimilación de lo bello.

Pero este tipo de estudios no sólo han servido de ayuda a los científicos para la investigación del funcionamiento de nuestro Sistema Nervioso. Algunos artistas se han sumado a la causa y han puesto su arte al completo servicio de su cerebro. De este modo, los estímulos y emociones experimentadas por los propios creadores al enfrentarse a ciertos aspectos de la realidad, han servido de pretexto para la confección de un tipo de obra concreta. Son los denominados artistas sinésticos, quienes sacan el máximo partido posible a sus propias experiencias estéticas para garantizar la empatía con el espectador.

Un pionero de esta práctica fue Eugene Delacroix tras afirmar que, colores como el amarillo, el naranja y el rojo evocan bienestar y felicidad.  Aunque, si lo que el artista pretende alcanzar con su arte es precisamente esa conexión y empatía con el espectador y, a su vez, si este último demanda un arte a la altura de sus expectativas y en consonancia con sus gustos y preferencias, en este sentido, el campo de estudio que determinará las pautas a seguir para comprender y logar dichos requisitos, son las llamadas neuronas espejo.

Las neuronas espejo son las responsables de la existencia de empatía entre un sujeto concreto y el entorno que lo rodea. No obstante, no me refiero a la empatía fruto del bagaje vital y cultural de un individuo, que suele ser aquella que manifestamos ante ciertas situaciones sociales que afectan a las personas: la compasión, por ejemplo. Hago referencia más bien, a una actividad empática innata en el cerebro humano, consecuencia directa de las competencias motoras que éste presenta en la naturaleza de su propia fisiología.

De este modo, ante la existencia de estos dos tipos de empatías, se deduce que los mecanismos que determinan nuestros gustos por un arte u otro responden a una doble vertiente: la subjetiva, es decir, aquella que surge de la interiorización de unos valores sociales, y la objetiva, que emerge de la actividad neuronal de nuestro cerebro. Por tanto, esto desmonta por completo la teoría de que el gusto por el arte es subjetivo, e incluso, si profundizamos en la investigación, pueden llegar a establecerse unos gustos universales comunes a todos los seres humanos.

Como vemos, nuestras preferencias artísticas no dependen únicamente de nuestra subjetividad, pues nuestro cerebro infiere directamente en lo que consideramos bello o feo. Así pues, los estudios y experimentos que he mencionado con anterioridad se convierten en instrumentos de gran eficacia para conocer los gustos de la sociedad, de cuyos resultados pueden aprovecharse los propios artistas para dar forma a sus creaciones, garantizándose el éxito o, por lo menos, la aceptación por parte de la mayoría de la población.

Hay quienes pueden estar en contra de esta práctica, pues estaríamos enfrentándonos a un arte ejecutado en base al estudio de nuestro cerebro y se trataría, por tanto, de un arte “manipulador” exento de la naturalidad y espontaneidad que lo caracterizan. Pero, por otro lado, también nos enfrentaríamos  a un arte estudiado que, al fin y al cabo, pretende cumplir con su cometido: satisfacer nuestras necesidades emocionales y deleitables.  Por tanto, si la actividad artística es un objeto de estudio susceptible a investigaciones científicas, la museografía también es una disciplina que puede llegar a obtener grandes beneficios a través de la aplicación de la Neuroestética.

A la hora de enfrentarnos a una obra de arte concreta, la museografía juega un papel crucial, de la que depende, de manera directa, una buena o mala comprensión del mensaje que el artista pretende lanzar a la sociedad a través de sus creaciones. Así, si éste último ha de preocuparse por que su arte llegue al público contemporáneo manteniendo, al mismo tiempo, la esencia de su estilo, los comisarios y museógrafos de las exposiciones actuales también deben mostrar especial interés en satisfacer tanto las exigencias de los artistas como las de los espectadores.

Entonces, si se han llevado a cabo estudios sociales para conocer las preferencias de ciertos adultos en cuanto a determinadas obras pictóricas, también pueden realizarse estudios sociales aplicados a la museografía. Este tipo de actividades nos permiten conocer los efectos sensoriales y emocionales que un individuo es capaz de experimentar ante la contemplación de una exposición de arte contemporáneo concreta.

En este sentido, me detendré en un estudio social que he llevado a cabo con adultos de entre 18 y 60 años, el cual consiste en el visionado de dieciocho fotografías de  exposiciones de arte contemporáneo diferentes entre sí en cuanto a montaje, iluminación, soporte material y técnica. Cada individuo debía responder, en una escala del 1 al 5, al grado satisfacción, empatía, curiosidad, incomodidad y ganas de ir a ver dichas exposiciones, que las imágenes habían suscitado en él. Asimismo, se les mostró un vídeo de 2:50 minutos de duración sobre el arte urbano y la inclusión social, que llevaron a cabo el colectivo artístico Boa Mistura en colaboración con Metro Madrid, acerca del cual se les hizo una serie de preguntas, como por ejemplo, qué opinaban de la presencia del arte fuera del museo, qué sentimientos o emociones les había suscitado el vídeo o si les había gustado la creación artística que aparecía en él.

De entre las dieciocho fotografías  de exposiciones de arte contemporáneo que se les mostraron, cinco de ellas fueron las que más gustaron, encabezando el ranking por unanimidad la exposición Obsesión por lo infinito, que tuvo lugar en el museo Tamayo (México) en 2014 y cuya obra pertenece a la artista japonesa Yayoi Kusuma, se caracteriza por la presencia de un individuo inmerso en un entorno ficticio, en el que la claridad, neutralidad de los paramentos, y armonía entre las piezas se sustituyen por espacios cerrados y oscuros, siendo los únicos protagonistas la luz, los espejos y el propio espectador.

El argumento que aportaron los encuestados al justificar la elección de esta exposición como la más interesante, curiosa y, por supuesto, bella, se basaba fundamentalmente en la novedad y en la posibilidad de generar una exposición íntima, capaz de establecer un diálogo directo entre sujeto y obra debido a la capacidad de inmersión del espectador en ese ambiente artístico que aporta el entorno museográfico. Asimismo, la mayoría de ellos también comentaban que dicho espacio oscuro rodeado de miles de luces (efecto óptico del espejo), les recordaba a aspectos de su infancia, como dibujos animados de fantasía, parques de atracciones e incluso la Navidad.

Vista de la exposición “Obsesión por lo infinito”, de la artista Yayoi Kusuma, que tuvo lugar en el Museo Tamayo de México en 2014. Imagen descargada de la Página Web Oficial del Museo http://museotamayo.org/exposiciones/ver/obsesion-infinita  Fecha de consulta: 20/10/2016

Sin embargo, las muestras que resultaron ser de menor agrado fueron las exposiciones caracterizadas por presentar los modelos expositivos tradicionales: paramentos blancos, disposición lineal de las obras (a opinión de los encuestados: una forma clara y armoniosa pero aburrida), así como ausencia de tecnología y propuestas innovadoras.

Por tanto, de los numerosos resultados obtenidos se deduce que la novedad museográfica respecto a lo que se viene realizado en la actualidad, así como el poder de suscitar empatía en el espectador, son las principales claves del éxito de una exposición de arte contemporáneo. Somos seres sociales por lo que, además de disfrutar contemplando una exposición de gran belleza estética, el deleite se intensifica si las obras se nos presentan de un modo que puedan, en mayor o menor medida, identificarse con el sujeto, y esto se consigue únicamente a través de un trabajo expositivo que se preocupe por satisfacer las necesidades y exigencias del público que asiste a su encuentro con el arte.

Pese a que este estudio de campo haya sido realizado a través de cuestionarios, debido a la imposibilidad de hacer uso de dispositivos tecnológicos como la Resonancia Magnética, está clara la estrecha relación que la Neuroestética presenta con la disciplina museográfica. Como bien exponía con anterioridad, el cerebro humano responde a diferentes estímulos ante la contemplación de una imagen que considera bella o fea. Así que, en este sentido, el cerebro de cada uno de los encuestados ha llevado a cabo un proceso de selección de las exposiciones más o menos bellas basándonos en las reacciones y cantidad de endorfinas que dicho músculo ha segregado ante el visionado de las fotografías. Esto nos ha permitido conocer las preferencias expositivas comunes de un grupo de individuos de diferentes edades y formación, estableciéndose, de este modo,  una serie de criterios de selección para unas prácticas museográficas específicas.

Así que, si atendemos las exigencias estéticas que el cerebro humano necesita para deleitarse ante la contemplación del arte (ya que tener en consideración las preferencias subjetivas de cada individuo sería una cuestión muy amplia, y que se nos escapa) podremos garantizarnos el éxito de una exposición de arte contemporáneo, pues estaremos mostrando la esencia de la muestra con base en la actividad de los mecanismos neuronales encargados de determinar unos gustos concretos en el espectador. Por este motivo, la Neuroestética se convierte en el punto de partida de la Museografía de Vanguardia, la cual dependerá de la puesta en marcha de diferentes puntos de actuación, los cuales expondré en otros artículos más adelante.

Vídeo mostrado durante la realización el estudio de campo anteriormente comentado:

Referencias Bibliográficas:

PRINZHORN, H.: Expresiones de la locura. El arte de los enfermos mentales, Madrid, ED: Cátedra, 2012.

HERREROS, P.: “Yo mono. Arte Chimpancé”; Articulo Digital publicado en la edición digital de EL PAÍS. Fecha de publicación: 22/06/2013.

ANDREU SÁNCHEZ, C.; “Neuroestética: cómo el cerebro humano construye  la belleza”; Ponencia perteneciente al I Congreso Internacional de Estética Cinematográfica, Bilbao, 2009,

MORENO RAMOS, T.: “Neuroestética o el entendimiento de la belleza”; Artículo publicado por la revista digital: Neurología Suplementos, 2009.

VALDIVIA, E.; CARRIÓN, T.; CARRIÓN, B.: Neuronas Espejo y Arte”, Artículo Digital.

Página Web oficial del Museo Tamayo de México: http://museotamayo.org/exposiciones/ver/obsesion-infinita Fecha de consulta: 20/10/2016

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