Si pensabas que estudiar Filosofía era algo inútil, estabas muy equivocado.

Muchas son las personas, generalmente estudiantes de niveles superiores, como bachillerato y universidad, las que consideran que estudiar filosofía es algo innecesario o inútil, si comparamos dicha disciplina con las matemáticas aplicadas o con la Física y Química, por ejemplo. Asimismo, dicho pensamiento induce a la negatividad ante la asignatura y, por tanto, a un alto índice de suspensos. Sin embargo, si es una materia que, desde hace décadas forma parte del programa educativo de muchos países del mundo, ¿alguna vez te has planteado el por qué de su permanencia en los centros educativos?

Al contrario de lo que pueda parecer, estudiar filosofía es quizás la asignatura más importante de cara a la formación, ya no de alumnos, sino de personas en general, con unos criterios, ideales y valores firmes y justificados; en definitiva, individuos difícilmente manipulables. Si estudiaste esta asignatura en el instituto o universidad, seguramente te preguntaste en alguna ocasión qué utilidad presenta tratar semejante cantidad de autores, cada cual con un pensamiento tan sumamente diferente.

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“La Escuela de Atenas”, Rafael Sanzio. Estancias de Rafael, Museos Vaticanos.

Pues bien, la cuestión no se centra tanto en la memorización de las diferentes ideas que filósofos de la antigüedad nos legaron a lo largo de la Historia; lo interesante de esta disciplina reside en la reflexión y el cuestionamiento de sus teorías; no se trata de poner en práctica estrictamente unas ideas u otras, para nada. Consiste en asimilar dichos ideales y cuestionarlos; puedes estar o no de acuerdo, pero el mecanismo de reflexión que la Filosofía nos obliga a llevar a cabo, desarrolla en nuestro cerebro una capacidad altamente crítica y generadora de opiniones prácticas y fundamentadas.

Esto genera, de manera directa, personas con una mentalidad difícilmente influenciable y, lo que es más importante, individuos inconformistas los cuales jamás se dejarían manipular.

En España, la Filosofía es una asignatura pendiente, no desde la perspectiva de su puesta en práctica, sino desde el punto de vista de su aceptación. La mayor parte de nuestra sociedad que, desde hace décadas, demuestra ser intolerante en ciertos ámbitos, ha interiorizado la idea de que estudiar Filosofía “no vale para nada”. Ello ha provocado, como bien acabo de mencionar, un destacado desinterés a la hora de abordarla y, por tanto, su estudio cada vez está más en declive.

El resultado: una sociedad con jóvenes generaciones en el que, desafortunadamente y, en el mayor de los casos, el interés por la política, economía y campos que realmente repercuten en nuestro bienestar social, desciende a pasos de gigante.

Y a la vista está; vivimos en un país en el que la palabra corrupción ya se ha convertido en un fenómeno cotidiano, que para nada nos sorprende y que, por tanto, nos es indiferente. Podemos indignarnos, vale, pero ¿acaso los españoles nos hemos revelado contra un gobierno, una casa real o empresas que, desde hace años, han gastado verdaderas fortunas a costa de todos los españoles, los cuales, asimismo, sufren un índice de desempleo alarmane? NO. ¿Por qué? Muy simple; con el paso de los años, hemos formado generaciones conformistas, generaciones que, ante este tipo de situaciones toman como única solución la resignación y la esperanza de que, algún día, todo mejore. Y el culpable directo de la adopción de esta vergonzosa pasividad es la educación.

Estamos empeñados en que, para que un alumno esté correctamente formado, ha de estudiar matemáticas, lengua, biología, geología, física, química, etc. De acuerdo, son disciplinas imprescindibles para sentar las bases el conocimiento universal, así como para  una especialización concreta. Pero, ¿cuándo se estudia a ser personas dignas, con unos ideales firmes que contribuyan al desarrollo de una sociedad justa e igualitaria? Por muy curioso que parezca, la solución a esta cuestión se halla en la Filosofía. Y para que, de una vez por todas, obtengamos el respeto y los derechos que toda persona merece, debemos sentar las bases en la educación y, por supuesto, desde muy temprana edad. Una educación filosófica neutral, como hasta ahora, sin  radicalismos, pero mejor estudiada y en un periodo de tiempo más prolongado.

Sin lugar a dudas, esto forjará un país más firme y concienzudo, nada conformista, que luche por sus derechos pero que, de igual modo, cumpla con sus deberes. Autores clásicos  como Platón y Aristóteles expresaron firmemente sus ideas y opiniones acerca de la ciudad ideal, y el primero, a través de su famosísima reflexión de La República  , sentó las bases de la ciudadanía actual.

Por último, otra de las facetas que considero muy importante, la cual abordé en el artículo Estudiar Historia del Arte SÍ sirve para algo, y aquí puedes comprobarlo, es el papel crucial que, tanto la belleza como el arte, juegan en la filosofía. Son disciplinas cuya importancia es perfectamente equiparable a la de la política o economía. Pero, ¿por qué considero esto un hecho importante para nuestro desarrollo social? Porque el arte despierta nuestro lado más sensible de manera involuntaria; cuidado, cuando aludo a la sensibilidad no me refiero a esa faceta “ñoña” y débil que socialmente se han extendido. Me refiero a esa capacidad que tiene el ser humano de sentir, a través de cada uno de sus sentidos, una serie de pensamientos y emociones que generan en sí mismo cierta empatía y, por qué no, placer.

Además, está comprobado que las personas sensibles son menos agresivas y más tendentes a la conciliación y la tolerancia. Y eso es, precisamente, lo que necesita, ya no sólo nuestro país, sino el resto del mundo, cuya pasividad ante el horror, la violencia y las injusticias han hecho de sus ciudadanos personas inseguras, con miedo y muy manipulables.

Son más que suficientes los motivos por lo que estudiar filosofía debería ser obligatorio desde edades cada vez más tempranas. Debemos abandonar, de una vez por todas, la postura de “tal o cual no vale para nada” y ser conscientes y valorar el precioso regalo que la vida nos ha dado: nuestro cerebro, nuestra capacidad para pensar, para aprender, para ampliar nuestros horizontes. De nosotros depende sacar el máximo partido a nuestra inteligencia o, por el contrario, tirarla por la borda y dejarla en manos de, los que hasta ahora, han demostrado ser unos egoístas que miran por sus propios intereses.

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